Crímenes valdepeñeros. La historia de los crímenes que han sacudido la historia de Valdepeñas.

La historia de Valdepeñas está escrita en rojo y la huella de los crímenes valdepeñeros está impresa en las hemerotecas de nuestro país. Un incesante vaciado de las principales cabeceras, locales y nacionales, desde mediados del siglo XIX hasta los años treinta del siglo XX, me ha permitido rescatar un rosario de crímenes cometidos en Valdepeñas dignos de servir de argumento para los escritores más consagrados de la literatura negra. Valdepeñas que, como recogía el cantar, era una ciudad bravía de muchas tabernas y pocas librerías, llenó las páginas de la crónica negra periodística y de los pliegos de cordel. En aquellos años era una importante ciudad de paso, estratégicamente ubicada, en pleno crecimiento económico, con una pujante elite cosechera y exportadora de vinos que reclamaba no sólo casinos, cafés cantantes y burdeles, sino una abundante y barata mano de obra que vivía hacinada en los barrios periféricos de la ciudad. Estos ingredientes fueron el caldo de cultivo de un interesante pasado delictivo. Ya en 1911, el periódico local El Radical denunciaba que Valdepeñas figuraba a la cabeza de la estadística criminal de los pueblos de España por su arraigado matonismo y la impunidad que escondía el caciquismo.

El nombre de Valdepeñas se pronunciaba en las esferas policiales y periodísticas con acento macabro. Esta página pretende rescatar algunos de los sucesos y crímenes más celebres. Recordaré como modus operandi clásico el crimen del chocolate en el que fallecieron envenenados, Manuel Gómez Cornejo, el Piqueta, y su hija, Manuela, de 8 años, muertos tras probar un chocolate disuelto con arsénico mortal. Corría el año 1837. Como ciudad de paso, a Valdepeñas llegó en 1862, Teresa Rivas, una prófuga de la justicia de Toledo que comenzó a trabajar como criada de un fraile exclaustrado llamado Gregorio de Benavides a quien asesinó, ayudada de otros, por unos cuantos reales mientras dormía en su casa de la Calle Ancha. Como ciudad burguesa de cafés cantantes, prostíbulos y casinos, fue asesinado en octubre 1906 Sebastián Bermejo, diputado provincial, exalcalde de Valdepeñas, jefe del partido conservador y cacique de la comarca, mientras intentaba entrar en la casa de la Genara, dueña de un burdel de poca monta que daba nombre a un callejón de la calle de San Nicasio. Como ciudad proletaria, se produjo el asesinato de la viuda de Pintado, Cándida Delgado Utrera, y su doncella, dueña de una importante alcoholera en la carretera de Manzanares, a manos de Rafael Ortíz Villajos en 1887. Un año después el asesino fue ejecutado a garrote vil en un patíbulo instalado frente a la casa y fábrica de la fallecida en una era de emparvar entre las carreteras de Manzanares y Daimiel ante la mirada atenta de 10.000 personas que observaron el macabro espectáculo. Igual móvil, el económico, determinó la muerte en abril de 1918 de la rica hacendada Agustina Merlo y Cordóba en su casa de la calle de las Escuelas esquina Unión. Los autores, el hermano del casero de la casa y otro, aprovecharon que su hijo, Antonio Ruiz Bailón, apuraba horas en el casino de los “señoritos” en la calle del Pintor Mendoza y estaba indefensa para asesinarla en corral de la casa con una reja de arado. El cuerpo apareció junto al brocal del pozo degollado. El botín, según señaló la prensa, no ascendió a más de 300 pesetas a pesar de que había joyas de gran valor en la casa.

CRIMEN CALLE CRISTO

La espectacularidad y sonoridad de estos crímenes, entre otros, no sólo ofreció buenos titulares a la prensa nacional y local, también llamaron la atención del historiador y cronista oficial de la ciudad, Eusebio Vasco, que a finales 1929 trabajaba en la redacción de un libro de marcado y exquisito sabor local, como todos los suyos, titulado Crímenes valdepeñeros. Lamentablemente, y pesar de mi tenacidad, no he podido averiguar el paradero de esta obra. Como toda la obra inconclusa de Eusebio Vasco (se encontraba redactando cuatro libros cuando murió en 1939) se haya desaparecida o durmiendo incomprensiblemente en algún camarón esperando ser rescatada. Hoy, dado mis esfuerzos y curiosidad, inauguro esta página que deseo sea del agrado, interés  por qué no, morbo de los valdepeñeros y de cuantos sean entusiastas del género negro en la literatura y periodismo. Desde mi modesto trabajo pretendo cumplir el objetivo que Eusebio Vasco no pudo ver materializado en vida y sobre cuya persona hoy me encuentro redactando su biografía. Como amante que fue Eusebio Vasco de las efemérides valdepeñeras y gran coleccionista de todo aquello que estuviera relacionado con la historia de Valdepeñas, su obsesión, le dedico esta parte de trabajo que a buen seguro hubiera el mismo redacto con mejor acierto. Comenzamos…

Carlos Chaparro Contreras


El crimen del Bolo

El domingo 7 de enero de 1912 a las 8 de la mañana una llamada a la policía local en su oficina de la plaza Mayor alertaba de un suceso de gran magnitud que se había cometido en la carretera de Moral de Calatrava frente a la capilla del asilo de ancianos y la bodega de los Ruíz de León. La confusión de los primeros momentos no acertaba a esclarecer los hechos, pero todo indicaba, según el bullicio de la gente que corría a dar parte, que se había cometido un crimen, a plena luz de día y en la calle, en el que habían fallecido varias personas. Minutos después, los agentes de la autoridad (policía y guardia civil desde la plaza Mayor y San Marcos donde se ubicaban sus centrales) se personaban en el lugar de los hechos. Mientras esto ocurría, un joven moreno, corpulento y de rasgos toscos, huía del lugar del suceso sin prisa por la calle de Prim, cruzando el paseo de la Estación y en dirección hacia la vieja Cárcel, cargado con una escopeta de dos cañones sin que recibiera oposición alguna.

Al llegar las autoridades a la calle Torrecillas observaron dos cadáveres tendidos en la mitad de la calzada sobre un gran charco de sangre. Uno era de una mujer de avanza edad y el otro de una joven muy bien vestida y de gran belleza, según todos reconocían. Hechas las primeras averiguaciones e interrogados los primeros testigos, se supo que las muertas eran madre e hija respectivamente. La primera se llamaba Josefa Manzano y la segunda Benicia Tejedo. Ambas eran esposa e hija de Juan Pedro Tejedo un conocido carlista y destacado católico. Todos eran vecinos del paseo de la Estación. El asesino, por su parte, fue reconocido como un joven corredor de vinos, muy aficionado a la caza, llamado Manuel Sánchez Ruíz y apodado el Bolo.

Mientras el juez ordenaba el levantamiento de los cadáveres y la policía y guardia civil contenía a una multitud deseosa de saber qué había ocurrido, otra macabra noticia alarmaba aún más a los testigos allí reunidos. En la Redonda (entonces llamada calle del Infante) varios familiares de las fallecidas habían sufrido también algunos disparos del mismo autor. Y no muy lejos de allí, en las cercanías del viejo matadero, se había encontrado el cadáver del Bolo con un tiro en la sien. Todo parecía indicar que el asesino era un suicida que pretendía zanjar algún asunto pendiente con la familia Tejedo Manzano de esta forma tan vengativa y determinante.

El suceso corrió como reguero de pólvora entre la población. Un continuo goteo de gente frecuentó durante todo el día los lugares del suceso mientras el juez ponía en marcha la investigación judicial. Paralelamente los dos corresponsales locales de los periódicos más importantes de la provincia en 1912, La Tribuna y El Pueblo Manchego, A. Arias y Sacralamo respectivamente, interrogaban a testigos y allegados para redactar los sueltos que llenarían la portada de sus medios y ocuparían un hueco en la crónica negra de la prensa de Madrid del día siguiente. Otra vez más el nombre de Valdepeñas iba a ser escrito en tinta roja.

 

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Suelto repartido en la calles de Valdepeñas el día 12 de enero de 1912 para dar cuenta del crimen del Bolo

 

El suceso no ofrecía complicación alguna. Víctimas y asesino debían mantener alguna relación que era la causa de los crímenes. Según las crónicas que se publicaron en la prensa provincial las rencillas procedían de tiempo atrás. Se sabía que Manuel Sánchez, el Bolo, había pretendido a la bella Benicia Tejedo hacía 6 años. Durante este tiempo fueron novios no sin la oposición de la familia de ella que, según muchos testigos, hizo campaña para que lo abandonara. La relación fue tormentosa, con continuos aplazamientos que, todo parece indicar, enervaban al Bolo. En diciembre de 1911, tras una nueva ruptura, la pareja retomó la relación y la familia de Benicia enterada del acuerdo decidió otra vez separarlos, esta vez de una forma drástica, llevándose a la joven a La Solana a la casa de una tía carnal para impedir que se vieran. El Bolo, que era un novio tenaz, viajó a la Solana en busca de su amada al día siguiente. Una vez allí logró entrevistarse con Benicia y convencerla para que el día 1 de enero huyera de su familia, a la que el Bolo culpaba de su mala relación, y se refugiaría en casa de una hermana de él en Valdepeñas. Llegó la fecha acordada y la familia tras enterarse obligó a Benicia nuevamente a cortar la relación con el Bolo y a que le escribiera una carta de su puño y letra participándole su determinación y el final de lo que habían acordado en La Solana.

Desde el día 1 hasta el domingo 7 de enero que se cometió el triple crimen y suicidio, el Bolo debió ser presó de una de las mayores iras y desasosiegos. Amalia Novés y López de Lerma, bisnieta de Antonio López de Lerma, dueño de una de las importantes bodegas de la época y a la que amablemente entrevistamos hace algunos años, nos refiere como el Bolo era conocido en la casa de sus abuelos por su oficio de corredor de vinos, en concreto medidor. Según le relataron sus antepasados, el Bolo vivía obsesionado por Benicia la cual era, a su vez, conocida de la familia por ser vecina de los López de Lerma en el paseo de la Estación donde tenían la casa familiar y la bodega. Aquellos días de comienzos de enero una y otra vez permaneció el Bolo asomado a la puerta de la calle de la casa y bodega, donde trabajaba ocasionalmente, con el objetivo de buscar algún encontronazo en la calle con Benicia. Aquella situación alertó a muchos compañeros de su trabajo (alguno de los cuales aparecen en la fotografía) que animaron al Bolo a desistir de su empeño de volver con la joven debido a su morbosa obsesión.

La cercanía de la casa y bodega de los López de Lerma con la residencia de Benicia y su vigilante presencia en el paseo de la Estación día tras día permitió al Bolo estar atento aquella mañana del 7 de enero. Es muy probable que se encontrara trabajando esa madrugada en la bodega cuando, y esta vez sí, la viera pasar acompañada de su familia (al menos de sus padres y una prima hermana) camino de misa a la capilla del asilo de ancianos.

Todo debió estar planificado. El Bolo armado con una escopeta de dos cañones y en su interior oculta una pistola del calibre del 12, embozado en una capa que le servía para guarecerse del frío y ocultar las armas, se apostilló en un recodo de una fachada de la calle Torrecillas (que hasta hace unos años se podía observar frente a la fachada del asilo) a la espera de la salida de misa de la familia Tejedo Manzano. Eran las 8 de la mañana cuando el Bolo desde su guarida observó a Benicia y a sus padres salir de misa y dirigirse todos, de frente hacía él, según estaba posicionado, con dirección a la calle de Prim. Al confrontarse con ellas y descubrirse de la capa, según algunos testigos refirieron, madre e hija gritaron: “¡El Bolo!” y seguidamente disparó a quemarropa primero contra la que había sido su novia, a la que hirió en el cuello, y después contra su madre a la que penetró con la escopeta una bala en el pecho. El padre pudo huir antes y refugiarse en la puerta del cercado y bodega de los Ruiz de León frente a la cual se desarrollaba el drama. Benicia, aún herida de muerte, se incorporó para implorar misericordia, lo que provocó que su asesino le asestara nuevamente otra bala en el pecho.

Terminada la macabra hazaña, el Bolo se encaminó armado por la calle, según coinciden todas las noticias, sin oposición alguna, en busca de más familiares, a los que acusaba de su ruptura con Benicia. Minutos después llegaba a la casa de una hermana de la fallecida en la Redonda esquina calle Caldereros. Cargó nuevamente la escopeta y una vez allí llamó a la puerta. Su hermana, llamada Dolores, al ver al Bolo armado de pie en el dintel de la puerta huyó hacia el interior de la casa. En la escalera y de espaldas le propinó dos disparos uno en el muslo y otro en el recto. No murió al instante, pero sí a los pocos días. El asesino abandonó la casa y cargó nuevamente la escopeta para dirigirse a por otra víctima en la misma calle. En esta ocasión las noticias no concuerdan. Según el corresponsal de El Pueblo Manchego se dirigió a casa de un tío de Benicia, el destacado carlista José María Tejedo que, puesto en antecedentes por alguien, se asomó a la puerta de la casa momento en el que desembocaba el Bolo quien apuntó a la puerta sin puntería para ir a dar la bala al quicio. Seguidamente continuó andando armado hasta que pocos metros después, cerca de lo que se denominaba el jardín de las monjas, tras la ermita del Cristo, se encontró con su amigo Gabriel Cejudo, quien logró convencerlo para que le dejara la escopeta. Sin embargo, según el corresponsal de La Tribuna, fue a otra hermana, llamada Carmen y que vivía en la misma calle, a la que no consiguió alcanzar con la bala. Sea como fuere, terminada su macabra hazaña, el Bolo se encaminó hacia la cárcel del partido y junto a ella en las eras altas del matadero, ahora Calle Acera del Cristo, puso fin a su vida disparándose un tiro en la sien derecha con la pistola que llevaba escondida en su interior.

Eran las ocho y media de la mañana de un 7 de enero de 1912. En 15 o 20 minutos se habían cometido tres asesinatos y un suicidio. Al día siguiente, se celebró el entierro de las dos fallecidas, madre e hija, muertas, según reza en la partida de defunción, “por lesiones producidas por arma de fuego”. Sin embargo, no existe partida de defunción del Bolo, como si la historia, por ser un suicida asesino, hubiera querido borrar su nombre de los libros. Como sugería A. Arias, corresponsal de El Pueblo Manchego “Todo da a este crimen un aspecto tal, que no tiene precedentes en este pueblo, y quiera Dios que hasta se borre de su memoria”. Pero no pasó ni un mes y aquella misma calle que vio bajar al sanguinario Bolo armado en dirección a su suicidio presenció el apuñalamiento de Ignacio Ruiz-Olivares, pero esto ya es otra página de la  historia negra de Valdepeñas.

Carlos Chaparro Contreras

 


El crimen del cura Benavides

El 9 de abril de 1862 varios soldados pertenecientes a una tropa militar acantonada en Valdepeñas denunciaban ante el juzgado que a pesar de las repetidas ocasiones que golpeaban la puerta y las ventanas de la casa del sacerdote Gregorio Manuel de Benavides, donde tenían orden de alojarse, estaban cerradas a cal y canto y nadie salía a abrir. Pocos minutos después, varios miembros de la justicia local, algunos agentes de orden público y los médicos, Ciriaco Palacios y Ángel González, se personaban en el domicilio del sacerdote donde, después de saltar forzando el balcón, y ante una multitud curiosa que atisbaba lo que sucedía, se introdujeron en el interior. Tras registrar las primeras dependencias un olor fétido los orientó hacia una habitación concreta que presagiaba la peor escena. Al abrir la puerta de la que parecía ser la alcoba del sacerdote se pudo observar sobre la cama un bulto tendido y cubierto de varias de ropas. Retirada la ropa de cama, se descubrió, efectivamente, el cadáver del sacerdote con los brazos atados a la espalda con media faja y la otra media atada al cuello y hecha girones. A primera vista, según las explicaciones de los médicos allí presentes, la muerte había sido violenta y se produjo varios días antes. Posiblemente por asfixia, hemorragia y estrangulación. No había ningún rastro más.

Desde el balcón se trasmitió al resto de autoridades y a la multitud de vecinos que en los aledaños de la casa se seguían congregando el fatal resultado: el cura Benavides había sido asesinado.

─ ¿Y la criada? ─Preguntó un vecino desde la otra acera.

─ ¿La criada? Ha desaparecido ─ Contestaron desde el balcón.

Calle Ancha de Valdepeñas

Tramo de la calle Ancha de Valdepeñas donde se ubicaba la posada Nueva y la casa del sacerdote asesinado en 1862. Al fondo la esquina con la calle Cristo.

Gregorio Manuel de Benavides era, según los testimonios, una persona querida en Valdepeñas. Era natural de Molina de Aragón, provincia de Guadalajara, y monje de la orden cisterciense, posiblemente exclaustrado tras la desamortización eclesiástica. En Valdepeñas oficiaba misa a diario, la última vez dos día antes de su desaparición y residía en una casa de dos plantas junto a la posada Nueva en la calle Ancha, aproximadamente en la esquina con la calle del Cristo. Tenía 74 años de edad y por su avanzada edad era asistido por una criada de turbio pasado que dio lugar a todo tipo de rumores. ¿Qué hacía una extraña mujer para más señas forastera atendiendo a un anciano sacerdote? ¿Qué relación era aquella? ¿Estaba implicada en lo sucedido?

Los vecinos interrogados informaron que la criada se llamaba Teresa Rivas Sierra y que no se la veía desde el día 7 de abril, fecha aproximada del asesinato del cura Benavides. Un tabernero de la plaza Pública denunció ante la Guardia Civil que mientras trabajaba en su local había oído decir a un tal Juan Mora, natural de Membrilla, que iba a dar un golpe “aunque me cueste ir allí” en referencia, según el tabernero, al presidio de Granada y Melilla del que según se sabía procedía. Junto a éste se detuvo a Pedro López-Tello, alias el Ranchero y natural de Valdepeñas, que una vez en la cárcel se le requisó un cuchillo con manchas de sangre humana. Igualmente otros vecinos declararon haber visto a la criada hablando en la calle con el citado expresidiario Juan Mora. Tal descaro no pasó desapercibido por los vecinos. Tampoco para el juez y la Guardia Civil que ordenaron su búsqueda y captura.

La investigación dio sus frutos y a finales de abril Teresa Rivas es detenida por el comandante de la Guardia Civil de Valdepeñas, Félix Crespo Montalvo, en Navalcarnero, provincia de Madrid, mientras servía como cocinera a los guardias de un cantón militar. Una vez arrestada y trasladada a Valdepeñas, la detenida declaró ante el juez. Según su testimonio, los asesinos entraron en la casa sin su voluntad con el objetivo de robar al cura. Una vez dentro, permanecieron con ella en la cocina, pero ante las repetidas llamadas del sacerdote que requería su atención, los asesinos no tuvieron más remedio que esconderse ante la posibilidad de ser descubiertos. Allí permanecieron hasta que Benavides se acostó, momento que aprovecharon los intrusos para acceder al dormitorio y asesinarle. Según testificó la detenida: “…el López-Tello, con mucho cuidado para no hacer ruido, abrió la puerta del dormitorio y se echó sobre el infeliz sacerdote, empezando por sujetarle los brazos y liándole al cuello media faja que apretaba de vez en cuando, a fin de hacerle declarar dónde tenía el dinero.” A pesar de los lamentos del cura y de su intención de no denunciarlos para que lo dejaran con vida, según declaró la criada, el Ranchero lo asesinó de un solo golpe. Acto continuo, en un alarde de frialdad, se bajaron todos a la cocina del difunto a cenar. La declaración de la detenida tuvo como consecuencia una cadena de detenciones y dos intentos de suicidio en la cárcel municipal que incendiaron aún más este macabro suceso. Además de Juan Mora y Pedro López-Tello, el Ranchero, se detuvo a José Márquez Prados, alias el Legaña, José Vicente Villegas, Fernando Brazales, conocido como el Cojo de Almagro, Manuel López del Castillo y José Martín Albo, apodado el Laña.

La investigación desveló que Teresa era una natural de Tembleque, provincia de Toledo, y prófuga de la justicia de aquella provincia. Es muy probable que llegara a Valdepeñas en algún carretón de vino de los numerosos que desde Madrid a Valdepeñas circulaban. En esta ciudad conoce a uno de los detenidos con el que, según los testimonios, entabló una relación amorosa a la vez que comenzó a trabajar de asistenta en casa del sacerdote Benavides. Teresa Rivas mantuvo alguna amistad en Infantes pues la intercepción de una carta que envió desde Navalcarnero después de su fuga a la capital del Campo de Montiel fue lo que determinó su captura.

El 25 de junio comenzó el juicio que se celebró en el salón de plenos del Ayuntamiento. La primera sesión del proceso comenzó a las 7 de la mañana y concluyó a las 4 de la tarde. Más de mil folios componían el sumario de un crimen que tuvo en vilo a la prensa madrileña de la época. Rotativos como La Correspondencia de EspañaLa ÉpocaLa Esperanza o La Discusión le dedicaron jugosas crónicas.

Los vecinos de Valdepeñas atestaron la sala para presenciar la vista e impedían el acceso incluso a las casas consistoriales. El fiscal, Manuel Sánchez Guerrero, pidió muerte en garrote vil para el Ranchero, Manuel López del Castillo y la criada Teresa Rivas. Cadena perpetua con argolla y a presenciar la muerte de sus compañeros para el Laña y el Legaña. Y quince años de cárcel para los restantes como colaboradores al permanecer como vigilantes en la puerta de la casa del sacerdote mientras se cometía su asesinato, según se conoció, con guitarras y cantando para camuflar los posibles gritos de socorro del cura. La defensa, representada por los abogados valdepeñeros Juan García, Eugenio Merlo, Manuel Merlo y Antonio José Vasco y Santamaría, por el contrario, pidieron la rebaja de las penas aduciendo que los hechos no estaban suficientemente probados y que algunos de los acusados sólo eran cómplices o encubridores.

Por fin, el 23 septiembre a las once de la mañana se dictó sentencia. Se condenó a muerte en garrote vil a Teresa Rivas y al Pedro López-Tello, el Ranchero, como inductora y autor material del crimen respectivamente. A cadena perpetua con argolla y a presenciar la ejecución de los anteriores a Manuel López, José Martín Albo, José Vicente Villegas y José Márquez, y a quince años de prisión a Juan Mora y Fernando Brazales. Durante las cuarenta y ocho horas que estuvieron en capilla, tanto Teresa Rivas como el Ranchero, fueron atendidos por los sacerdotes de la población, Vicente Megía, Juan Martín Calderón y José Astasio.

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Dibujo de finales del siglo XIX que representa una ejecución pública como la que ocurrió en la plaza de  Valdepeñas el 25 de septiembre de 1862

El 25 de septiembre por la mañana salieron de la cárcel todos los condenados, unos para ver presenciar el castigo y los otros para sufrirlo. Durante el trayecto desde la cárcel pública hasta la plaza fueron guiados en procesión por los hermanos de la cofradía de la Caridad que se habían encargado de pedir limosna para su alimento durante las cuarenta y ocho horas de capilla. Llegados a la plaza se ejecutó primero a Teresa Rivas quien al subir al primer peldaño del patíbulo pidió confesar ante el sacerdote Juan Martín Calderón, teniente de cura que era de la Asunción. Eran las once de la mañana. Tras la confesión que duró más de veinte minutos murió en garrote vil. A continuación fue ejecutado el Ranchero. Eran las once y media de la mañana. En el patíbulo, además del verdugo y varios agentes, estuvo presente el párroco Vicente Megía y el sacerdote José Astasio que, con los cadáveres aún presentes, se dirigió al público para inculcarle valores morales en la religión católica. Los tres protagonistas, Teresa Rivas, el Ranchero y el cura Benavides fueron enterrados en el viejo cementerio junto a la ermita del Cristo en aquel espacio conocido como el “corralillo” y que la Iglesia reservaba para enterrar a los renegados, condenados o muertos en extrañas circunstancias o fuera del catolicismo. El suceso tuvo un gran impacto social y varias imprentas del país lanzaron a la calle hojas volanderas o sueltas relatando en romance el crimen que era cantado por “voceros” ambulantes por los pueblos.  La de Valdepeñas, de la que conservo una copia, fue impresa en Cuenca, Palencia y León y comenzaba así:

 

NUEVO Y LASTIMOSO ROMANCE,

en el se da cuenta y declara el cruel asesinato que han cometido cinco malvados y una mujer con un padre de almas en Valdepeñas provincia de Ciudad Real, siendo la causa la infame criada que tuvo el velón para que lo degollaran; pero antes de ejecutarlo le picaron la corona con el mismo cuchillo, estando oculta esta desgraciada; y como Dios no permite que haya oculto nada, fueron descubiertos, y pagarán su delito en una pública plaza los dos que lo asesinaron y la infame criada: con todo lo demás que verá el curioso lector…

No fue la última ejecución pública que se celebró en Valdepeñas. En 1888 moría, ante la mirada atenta de todo el pueblo de Valdepeñas, Rafael Ortiz Villajos, frente a la casa donde cometió su doble crimen en la carretera de Manzanares y fábrica de licores de la viuda de Francisco Pintado. Como en el caso anterior, también se imprimió un pliego, pero esto lo dejamos para la próxima cita.

 (C) Carlos Chaparro Contreras