El crimen del cura Benavides

El 9 de abril de 1862 varios soldados pertenecientes a una tropa militar acantonada en Valdepeñas denunciaban ante el juzgado que a pesar de las repetidas ocasiones que golpeaban la puerta y las ventanas de la casa del sacerdote Gregorio Manuel de Benavides, donde tenían orden de alojarse, estaban cerradas a cal y canto y nadie salía a abrir. Pocos minutos después, varios miembros de la justicia local, algunos agentes de orden público y los médicos, Ciriaco Palacios y Ángel González, se personaban en el domicilio del sacerdote donde, después de saltar forzando el balcón, y ante una multitud curiosa que atisbaba lo que sucedía, se introdujeron en el interior. Tras registrar las primeras dependencias un olor fétido los orientó hacia una habitación concreta que presagiaba la peor escena. Al abrir la puerta de la que parecía ser la alcoba del sacerdote se pudo observar sobre la cama un bulto tendido y cubierto de varias de ropas. Retirada la ropa de cama, se descubrió, efectivamente, el cadáver del sacerdote con los brazos atados a la espalda con media faja y la otra media atada al cuello y hecha girones. A primera vista, según las explicaciones de los médicos allí presentes, la muerte había sido violenta y se produjo varios días antes. Posiblemente por asfixia, hemorragia y estrangulación. No había ningún rastro más.

Desde el balcón se trasmitió al resto de autoridades y a la multitud de vecinos que en los aledaños de la casa se seguían congregando el fatal resultado: el cura Benavides había sido asesinado.

─ ¿Y la criada? ─Preguntó un vecino desde la otra acera.

─ ¿La criada? Ha desaparecido ─ Contestaron desde el balcón.

Calle Ancha de Valdepeñas

Tramo de la calle Ancha de Valdepeñas donde se ubicaba la posada Nueva y la casa del sacerdote asesinado en 1862. Al fondo la esquina con la calle Cristo.

Gregorio Manuel de Benavides era, según los testimonios, una persona querida en Valdepeñas. Era natural de Molina de Aragón, provincia de Guadalajara, y monje de la orden cisterciense, posiblemente exclaustrado tras la desamortización eclesiástica. En Valdepeñas oficiaba misa a diario, la última vez dos día antes de su desaparición y residía en una casa de dos plantas junto a la posada Nueva en la calle Ancha, aproximadamente en la esquina con la calle del Cristo. Tenía 74 años de edad y por su avanzada edad era asistido por una criada de turbio pasado que dio lugar a todo tipo de rumores. ¿Qué hacía una extraña mujer para más señas forastera atendiendo a un anciano sacerdote? ¿Qué relación era aquella? ¿Estaba implicada en lo sucedido?

Los vecinos interrogados informaron que la criada se llamaba Teresa Rivas Sierra y que no se la veía desde el día 7 de abril, fecha aproximada del asesinato del cura Benavides. Un tabernero de la plaza Pública denunció ante la Guardia Civil que mientras trabajaba en su local había oído decir a un tal Juan Mora, natural de Membrilla, que iba a dar un golpe “aunque me cueste ir allí” en referencia, según el tabernero, al presidio de Granada y Melilla del que según se sabía procedía. Junto a éste se detuvo a Pedro López-Tello, alias el Ranchero y natural de Valdepeñas, que una vez en la cárcel se le requisó un cuchillo con manchas de sangre humana. Igualmente otros vecinos declararon haber visto a la criada hablando en la calle con el citado expresidiario Juan Mora. Tal descaro no pasó desapercibido por los vecinos. Tampoco para el juez y la Guardia Civil que ordenaron su búsqueda y captura.

La investigación dio sus frutos y a finales de abril Teresa Rivas es detenida por el comandante de la Guardia Civil de Valdepeñas, Félix Crespo Montalvo, en Navalcarnero, provincia de Madrid, mientras servía como cocinera a los guardias de un cantón militar. Una vez arrestada y trasladada a Valdepeñas, la detenida declaró ante el juez. Según su testimonio, los asesinos entraron en la casa sin su voluntad con el objetivo de robar al cura. Una vez dentro, permanecieron con ella en la cocina, pero ante las repetidas llamadas del sacerdote que requería su atención, los asesinos no tuvieron más remedio que esconderse ante la posibilidad de ser descubiertos. Allí permanecieron hasta que Benavides se acostó, momento que aprovecharon los intrusos para acceder al dormitorio y asesinarle. Según testificó la detenida: “…el López-Tello, con mucho cuidado para no hacer ruido, abrió la puerta del dormitorio y se echó sobre el infeliz sacerdote, empezando por sujetarle los brazos y liándole al cuello media faja que apretaba de vez en cuando, a fin de hacerle declarar dónde tenía el dinero.” A pesar de los lamentos del cura y de su intención de no denunciarlos para que lo dejaran con vida, según declaró la criada, el Ranchero lo asesinó de un solo golpe. Acto continuo, en un alarde de frialdad, se bajaron todos a la cocina del difunto a cenar. La declaración de la detenida tuvo como consecuencia una cadena de detenciones y dos intentos de suicidio en la cárcel municipal que incendiaron aún más este macabro suceso. Además de Juan Mora y Pedro López-Tello, el Ranchero, se detuvo a José Márquez Prados, alias el Legaña, José Vicente Villegas, Fernando Brazales, conocido como el Cojo de Almagro, Manuel López del Castillo y José Martín Albo, apodado el Laña.

La investigación desveló que Teresa era una natural de Tembleque, provincia de Toledo, y prófuga de la justicia de aquella provincia. Es muy probable que llegara a Valdepeñas en algún carretón de vino de los numerosos que desde Madrid a Valdepeñas circulaban. En esta ciudad conoce a uno de los detenidos con el que, según los testimonios, entabló una relación amorosa a la vez que comenzó a trabajar de asistenta en casa del sacerdote Benavides. Teresa Rivas mantuvo alguna amistad en Infantes pues la intercepción de una carta que envió desde Navalcarnero después de su fuga a la capital del Campo de Montiel fue lo que determinó su captura.

El 25 de junio comenzó el juicio que se celebró en el salón de plenos del Ayuntamiento. La primera sesión del proceso comenzó a las 7 de la mañana y concluyó a las 4 de la tarde. Más de mil folios componían el sumario de un crimen que tuvo en vilo a la prensa madrileña de la época. Rotativos como La Correspondencia de EspañaLa ÉpocaLa Esperanza o La Discusión le dedicaron jugosas crónicas.

Los vecinos de Valdepeñas atestaron la sala para presenciar la vista e impedían el acceso incluso a las casas consistoriales. El fiscal, Manuel Sánchez Guerrero, pidió muerte en garrote vil para el Ranchero, Manuel López del Castillo y la criada Teresa Rivas. Cadena perpetua con argolla y a presenciar la muerte de sus compañeros para el Laña y el Legaña. Y quince años de cárcel para los restantes como colaboradores al permanecer como vigilantes en la puerta de la casa del sacerdote mientras se cometía su asesinato, según se conoció, con guitarras y cantando para camuflar los posibles gritos de socorro del cura. La defensa, representada por los abogados valdepeñeros Juan García, Eugenio Merlo, Manuel Merlo y Antonio José Vasco y Santamaría, por el contrario, pidieron la rebaja de las penas aduciendo que los hechos no estaban suficientemente probados y que algunos de los acusados sólo eran cómplices o encubridores.

Por fin, el 23 septiembre a las once de la mañana se dictó sentencia. Se condenó a muerte en garrote vil a Teresa Rivas y al Pedro López-Tello, el Ranchero, como inductora y autor material del crimen respectivamente. A cadena perpetua con argolla y a presenciar la ejecución de los anteriores a Manuel López, José Martín Albo, José Vicente Villegas y José Márquez, y a quince años de prisión a Juan Mora y Fernando Brazales. Durante las cuarenta y ocho horas que estuvieron en capilla, tanto Teresa Rivas como el Ranchero, fueron atendidos por los sacerdotes de la población, Vicente Megía, Juan Martín Calderón y José Astasio.

sentencia-y-ejecucion-en-garrote-vil

Dibujo de finales del siglo XIX que representa una ejecución pública como la que ocurrió en la plaza de  Valdepeñas el 25 de septiembre de 1862

El 25 de septiembre por la mañana salieron de la cárcel todos los condenados, unos para ver presenciar el castigo y los otros para sufrirlo. Durante el trayecto desde la cárcel pública hasta la plaza fueron guiados en procesión por los hermanos de la cofradía de la Caridad que se habían encargado de pedir limosna para su alimento durante las cuarenta y ocho horas de capilla. Llegados a la plaza se ejecutó primero a Teresa Rivas quien al subir al primer peldaño del patíbulo pidió confesar ante el sacerdote Juan Martín Calderón, teniente de cura que era de la Asunción. Eran las once de la mañana. Tras la confesión que duró más de veinte minutos murió en garrote vil. A continuación fue ejecutado el Ranchero. Eran las once y media de la mañana. En el patíbulo, además del verdugo y varios agentes, estuvo presente el párroco Vicente Megía y el sacerdote José Astasio que, con los cadáveres aún presentes, se dirigió al público para inculcarle valores morales en la religión católica. Los tres protagonistas, Teresa Rivas, el Ranchero y el cura Benavides fueron enterrados en el viejo cementerio junto a la ermita del Cristo en aquel espacio conocido como el “corralillo” y que la Iglesia reservaba para enterrar a los renegados, condenados o muertos en extrañas circunstancias o fuera del catolicismo. El suceso tuvo un gran impacto social y varias imprentas del país lanzaron a la calle hojas volanderas o sueltas relatando en romance el crimen que era cantado por “voceros” ambulantes por los pueblos.  La de Valdepeñas, de la que conservo una copia, fue impresa en Cuenca, Palencia y León y comenzaba así:

 

NUEVO Y LASTIMOSO ROMANCE,

en el se da cuenta y declara el cruel asesinato que han cometido cinco malvados y una mujer con un padre de almas en Valdepeñas provincia de Ciudad Real, siendo la causa la infame criada que tuvo el velón para que lo degollaran; pero antes de ejecutarlo le picaron la corona con el mismo cuchillo, estando oculta esta desgraciada; y como Dios no permite que haya oculto nada, fueron descubiertos, y pagarán su delito en una pública plaza los dos que lo asesinaron y la infame criada: con todo lo demás que verá el curioso lector…

No fue la última ejecución pública que se celebró en Valdepeñas. En 1888 moría, ante la mirada atenta de todo el pueblo de Valdepeñas, Rafael Ortiz Villajos, frente a la casa donde cometió su doble crimen en la carretera de Manzanares y fábrica de licores de la viuda de Francisco Pintado. Como en el caso anterior, también se imprimió un pliego, pero esto lo dejamos para la próxima cita.

 (C) Carlos Chaparro Contreras

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Acerca de Carlos Chaparro Contreras

Documentalista de oficio e historiador de formación con interés por la historia local Ver todas las entradas de Carlos Chaparro Contreras

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